La pareja de gays se dio cuenta de que Ezequiel les había escuchado y se distanciaron. Lo que más le había dolido; el poso de verdad contenido en la crítica. Él mismo se había desesperado, en noches que parecían interminables, apenas podía conciliar el sueño al tiempo que buscaba nuevas ideas para su colección de sueños en las galaxias.

— ¿A qué viene todo el discursito de que dejas la escena? — preguntó Amaltea.
— Todo es una farsa
— ¿A qué te refieres?
— El crítico ese de las narices.
— ¿Qué ha dicho?
— Me va a destrozar en su crítica. Y lo peor es que tiene razón.
— Bueno, ya has soportado más de una crítica destructiva
— Pero no puedo más. La calidad de mi obra cae en picado desde la exposición en Sídney.
— Sí; ya me acuerdo, lo de Australia salió en todas partes. Tu cotización subió muchísimo
— ¿Y ahora qué debo esperar?
— No sé lo que tú esperas, pero pareces un muchacho, maldita sea. Te has presentado aquí con esas pintas de profesor desgarbado y sueltas esa verborrea de mierda durante la presentación. ¿A quién se le ocurre desaprovechar oportunidades así? Te presto mi galería, ahora que parece que tus cuadros no salen de España, y me lo pagas con tu retirada precipitada, absurda por completo.
— ¿Encima voy a discutir contigo?
— No discutimos. Sólo digo que cuides tu mente; pareces enfermo
— Lo estoy. Ya no aguanto más toda esta basura. Tener que mendigar mi arte. Además, ya no aporto nada.
— ¿Y cómo vivirías?
— Encontraré algo.
— ¿Tú? ¿Dejar la pintura, en serio? ¡Si llevas con ello desde criajo! Eres incapaz de hacer otra cosa.
— Claro, tengo toda la casa revestida de pinturas. No tiene paredes, como me gusta decir. Me refería más bien a dejar de vender mi arte, de exponerlo.
— ¿Por qué?
— No quiero prostituirlo
— ¿Y eso es lo que has estado haciendo durante este tiempo?
— Ya sabes que no. Bueno, en ocasiones sí tuve que venderme. De otra forma, quizás nunca hubiera salido de este país. Desde hace tiempo no me siento a gusto creando. Quizás se trate de la presión.
— Es todo algo externo, debes librarte de ello si quieres encontrarte en tu arte.
— Además, mi obra no ha madurado. Y antes que estancarme, prefiero dejar la escena, al menos un tiempo.
— Pero corres el peligro de oxidarte, un artista necesita movimiento, que le conozcan.
— Lo que más necesito es descansar.
— Vaya ojeras tienes… ¿No duermes?
— Estoy fatal, me duele la cabeza
— ¿Quieres una pastilla para relajarte?
— Sí, por favor

— Toma
— ¿Qué es?
— Un poco de soma
— ¡Vaya cumpleaños! Horrible — dijo Ezequiel. Luego se tomó la pastilla y comenzó a sentirse mejor.
— Escúchame; esta colección resalta por su calidad. Me encanta el cuadro de la niña, y ya hay un comprador interesado.
— Seguro que es un idiota. Pero ¿Qué importa, verdad? ¿Qué más da si el crítico me destroza en su maldito artículo?
— Oye; un momento. Esta es una galería con poco recorrido, no podemos permitirnos el pinchar y perder dinero, ya lo sabes Ezequiel. Se me ocurre que, si quieres dejar las exposiciones, cuentas con otras alternativas como ceder la gestión de tu obra a un tercero.
— ¿A ti, por ejemplo?
— Sí, podría ser yo o cualquier otra marchante. Las colecciones requieren demasiado tiempo para buscar unicidad y coherencia, además de algo original como mezclar estilos o traer algo que sólo se haya hecho fuera y adaptarlo. Te entiendo, quieres tomarte un tiempo para ti; dedicarte a experimentar, hacer balance de estos años. Pero me parece pueril y de mal gusto que lo anuncies aquí y me jodas el negocio.
— …
— Perdona, hoy es tu cumpleaños. Me he pasado — Amaltea le rozó las manos y se acercó a él— Pero es que esta maldita ciudad es horrible. Deberías haberte quedado en Barcelona, aunque fuera viviendo de mala manera. La gente va a hablar de este fracaso, más vale que vendamos un par de cuadros porque yo te he cedido este local de buena voluntad y con condiciones inmejorables. Yo me he portado, caramba, y tú pareces un zombi desde que has llegado esta tarde.
— Quizás podrías echas un vistazo a la parte más antigua de mi obra. Lo que queda de esa etapa gloriosa, claro.
— ¡Esa es la más valiosa, querido! — Amaltea estaba muy cerca de él—
— Ya quedaremos para hablarlo, no te prometo nada

La exposición acabó mal. Pero, al menos, el esfuerzo de Amaltea por atender a los invitados y despertar el interés por la exposición, salvó un poco los muebles. Se vendió un solo cuadro; por mil euros, el óleo de la niña, que representaba el busto de una pequeña criaturita marciana, al fondo las naves interplanetarias dejando rastros lechosos, como de semen. Todo muy escabroso. Se repartieron el dinero, y la galería quedó con una comisión que apenas cubrió los costes de la exposición, que duró dos meses enteros. Tiempo en el que Ezequiel no volvió a aparecer por allí. A la semana del cierre, leyó el artículo que había escrito el crítico de arte; sólo por encima, echando rápidas miradas, entrevió que tildaba sus cuadros de meros plagios de los fanzines y publicaciones ochenteras, como si la interpretación artística de sus sueños no había tenido nada que ver en la composición. Así mismo, advirtió alusiones al pequeño discurso en el que había anunciado su retirada.
Ezequiel dejó pasar unas semanas tras el cierre y, aunque más descansado y animado, fue sintiendo que la presión no remitía; el dejar atrás la obra de sus primeras épocas que tanto adoraba, recuperar la confianza y las ganas de experimentar con la técnica y la temática, todo aquello le resultó imposible aun después de haber entregado la gestión y venta de algunos de sus cuadros a Amaltea. El problema de fondo; las escenas se dibujaban en su cabeza, trataban siempre de lo mismo: escenas sexuales, ciborgs, demonios, túneles, barrancos, penumbra y niebla tóxica, vehículos y objetos colisionando en cadena, fantasías espaciales en las que follaba con criaturas antropomorfas (alienígenas cambia-formas). Así que dejó de hacer caso a las escenas que traían sus sueños, duermevelas y fantasías, y acabó por abandonar la pintura. Ya era un artista vencido, disuelto.

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