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Silencio general. El viento calla. La naturaleza no respira. Parece muerta. A lo largo del mástil empiezan a centellear débilmente los fuegos de San Elmo; la vela cae en pesados pliegues.

JULES VERNE

Hoy es un día señalado en el calendario, un día de fiesta, jolgorio y emoción para los habitantes de la isla. Abro el armario de mi diminuto cuarto. Atisbo el litoral, que se alarga como un cuerno de arena dorada. La visión me reconforta, oprimiéndome al mismo tiempo. El armario expone distintos disfraces. Me gusta vestirme para provocar. A la universidad iba en chándal mientras que los demás estudiantes se preocupaban por parecen adultos a los que un empleador contrataría, preparándose para la esclavitud. Pero esta vez elegiré un traje discreto y fresco. El sol calienta las calles y las lagartijas se tumban en las hamacas. Rehúso el color negro. Me decido por un blíster azul y el pantalón que lucí en las bodas de plata de mis padres, junto a unos zapatos marineros y un sombrero de paja que me proteja de los haces de luz, que consiguen que el firme de la Via del Pratello brille como una estrella.

Los operarios del ayuntamiento han colgado banderines por las calles del centro de la capital, me recuerdan a zapatos suspendidos en el tendido eléctrico. Distingo las banderas de distintos países. Las fronteras son estúpidas, la única barrera es el mar. Un día escaparé de aquí, mecido en un velero blanco. Antes de dirigirme al puerto, arribo a la Piazza del Pesce. Sentado en la terraza de un café, con una cerveza rubia encima de la mesa, admiro la estatua de una enorme sardina. Parece encrespada porque la han engañado, tratando de revolverse, boqueando. La plaza está rebosante de un gentío exaltado. Por fin regresa la expedición de Le Spezie. Todos los años, el 22 de mayo, se conmemora el viaje de un grupo de comerciantes que partieron desde San Elmo, atravesaron el Mediterráneo, capearon las tormentas antes de llegar a Cabo Verde, donde repararon los desperfectos del navío, atravesaron una parte del Atlántico y siguieron por las costas namibias hasta dar la vuelta por el Cabo de Buena Esperanza. Para entonces 54 de los 187 marineros habían muerto a causa de la diarrea, el escorbuto o la disentería, entre otras enfermedades horribles que hicieron estragos en las bodegas donde dormían. De niño, cuando mis padres me traían hasta la Piazza del Pesce, al tiempo que ellos vendían su vino cosechero, imaginaba, sentado a la vera de la sardina enojada, cómo los marineros tuvieron que sobreponerse a la muerte y la desgracia. Me fascinaba esa batalla frente a la fuerza inexorable de la muerte, los cañones resultaban inútiles frente a su mano helada. Hastiados de un viaje de veinte mil leguas de viaje submarino, presa del mayor de los temores, que atacaba a sus compañeros, que hincaba sus dientes del bauprés a los jardines de popa, consiguieron mantener un hilito de esperanza aun cuando encallaron en los arrecifes aledaños a una bahía de Dar Es Salaam. Cuando el buque hubo zarpado de nuevo, descansaron unos días en Sucutra para llegar triunfantes a la India, donde, valiéndose de las artes de comerciantes ladinos y escurridizos, consiguieron un trato muy favorable que trajo la prosperidad a la isla.

Mis padres se valían de una clientela fija para mantener la ajustada economía familiar. Dicha clientela la componían personas de escasos recursos y borrachos empedernidos que reservaban el vino de papá y mamá para cuando andaban con el puntillo. Competían con distintos puestos que elevaban los precios a cambio de un caldo con más cuerpo, pidiendo que, por favor, preparara las cajas de madera para los clientes que se aprovisionaban por un tiempo. ¡Alessandro ven aquí ahora mismo o te comes la zapatilla! ¡Ahora! ¡Estás enfadando a tu padre! ¿Por qué eres tan insoportable?

Entiendo que les pareciera insoportable. Yo me iba corriendo entre las callejuelas que se internaban hasta la catedral católica (soy católico como la mayoría de los italianos aquí, aunque si tuviera que creer en Dios antes me decantaría por adorar a las hadas de los bosques). Después bajaba correteando al puerto y fantaseaba con el fuego de San Elmo.

He olvidado en qué año regresó la expedición de Le Spezie. Pero podría dibujar, si fuera tan diestro en la ilustración como en la narración, cómo el fuego de San Elmo cubría la nao. Helena, como se conocía al fuego de San Elmo en la antigua Grecia, se manifestaba durante una terrible tormenta en alta mar. Los marineros se estremecían y rezaban, intentando cerrar los ojos o mirar para otro lado. Pero la hermosura de Helena era tan atrayente que volvían la cabeza, contemplando los fuegos que envolvían el mástil, llamas azules, intensas, espectrales, que sobrevolaban desde la toldilla hasta el palo trinquete. Helena bramaba y los rayos fracturaban el cielo oscuro de una noche espeluznante. Su cuerpo de ultratumba venía acompañado del frío que hacía tiritar a los contramaestres, que apretaban los dientes, sujetando la carta de navegación. Envuelta en un resplandor, la nao parecía un buque fantasma de un mar oriental, extraño y lejano. Un silencio sólo interrumpido por el leve soplo del viento acariciaba el timón. Cuando el hechizo convocado por Helena se desvanecía, aún restaba el silencio.

***

El bullicio del gentío me recuerda que había pensado acudir a la floristería. A veces olvido mis propósitos, otras conservo una memoria prodigiosa. Siguiendo la tradición, todos los 22 de mayo, coincidiendo con la conmemoración del regreso de la expedición de Le Spezie, se lanzan al mar cientos de flores de jade. Así se homenajea a los marinos caídos durante la travesía, aunque la leyenda dice que algunos fueron asesinados por sus propios compañeros, presos de la locura, fuera de sí, consumidos por una cárcel que navegó durante dos años. Yo también habría terminado por estampar un garrote contra la crisma de un compañero. O quizás me hubiera tirado por la borda.

Odio esperar en largas colas, aun el ambiente húmedo y puro de la floristería me reconforta. He dejado esto para última hora cuando podría haber conservado la flor en casa, en un jarrón de cristal ilustrado con loto y bambú. Revuelvo la menta que los empleados han colocado en los pasillos, acerco la nariz para impregnarme de su refrescante fragancia. Una mariposa revolotea entre los jazmines. ¿Por qué algo tan hermoso es mancillado por toda esta gente, que se muerde las uñas nerviosa y parlotea sobre la fiesta, omnipresente en las calles?

Además, una flor de jade es cara. Han fijado un precio para ella, pero no tienen ningún derecho a arrancarla de las frondas y comerciar con la belleza. Fantaseo con poseer un jardín. Dejaré que las plantas crezcan libres, negándome a podarlas o alterar el firme con productos químicos. Si las plagas se comen las hojas, perfecto, si los pájaros se alimentan de las semillas que esparza, tanto mejor. Que el orden natural siga su curso.

Pago con dracmas y la dependienta me mira sorprendida. Los espaguetis usan las liras. Yo no pertenezco a un grupo determinado. Soy indiferente a la lucha secreta que libran los descendientes de los colonos que ocuparon la isla. Soy namibio, chino y chipriota, negro y ario, amarillo y rojo de entrañas e ideas.

Las flores de jade son añiles como Helena (de ahí que sea la flor elegida para el homenaje a los muertos). La flor, antes de su madurez, parece un diminuto falo violáceo que va excitándose ante el estímulo del agua y el tiempo, para abrirse en todo un esplendor como un coño – incluso puede advertirse el clítoris, aunque está en el centro – que se ofrece a ser penetrado por los insectos, a ser fecundado por el rumor de sus alas.

Abandono la Piazza del Pesce con paso raudo, tratando de evitar las aglomeraciones que se producen en este día señalado, que se me antoja anodino y gris. A pesar de que la muchedumbre forma embudos y se empuja, la ausencia llena las calles, planeando sobre mi cabeza como un pájaro que no se deja tocar. ¿Dónde estás, Hiedra, mi amor de siempre y para siempre, querida mía, reina del bosque, mi alma, mi vida, mi tormento? ¿Dónde estás, Hiedra Kana? ¿Me olvidaste? ¿Me recuerdas? ¿Por qué claudiqué ante su tiranía?

Las casas del casco histórico, construidas al estilo colonial, de colores apagados, ensuciadas por un mantenimiento deficiente, recuerdan a un desatendido lienzo cubierto de polvo. En la parte delantera cuentan con un poblado jardín. A la puerta principal se accede a través de una larga escalinata envuelta de musgo. Del espacio reservado para las cuadras, en la planta inferior, muchos vecinos han hecho un garaje.

Sin embargo, el puerto es alegre. El embarcadero es de madera crujiente. Los moluscos se incrustan en sus húmedos cimientos. Claro que las playas y los acantilados de San Elmo revisten una hermosura mayor. De cualquier forma estoy contento de haber venido adornado con la flor de jade. Jamás se me ocurriría fanfarronear, pero soy un poco guapo.

En la primera línea de puerto brotan los negocios más prósperos, de amplias cristaleras: tiendas de dulces, de sombreros, de cañas y aparejos de pesca. La lonja huele a podrido, así que la han relegado a la esquina. Las gaviotas planean a su alrededor. Son pájaros arrepentidos porque se alimentan de carroña; miran con los ojos enrojecidos, se zampan a otras aves hermanas, rapiñan lo que pueden, causan estragos en las terrazas de los restaurantes y los camareros de los establecimientos portuarios, repintados todos de verde y rosa y azul, las espantan blandiendo escobas. Las gaviotas no son bienvenidas. Adoro sus graznidos, imagino cómo seguían la estela espumosa del viaje que emprendió Le Spezie.

Tampoco son bienvenidos los soldados, al menos por mí. Creo que una de las balas que disparan rebotará contra el cielo y acabará por perforarme el cráneo. Los soldados se han colocado sobre la cima de La Valeta, en la plaza del Fuerte de San Elmo, que puede que conozcas gracias a los libros de historia. Actualmente es una academia de policía. Tampoco son bienvenidos los policías, perros armados con dientes de sable.

Pasados unos minutos del mediodía, habiendo esperado a que el gentío se agolpara en el puerto y el muelle, volviéndose para atrás, distinguiendo la cima gracias a la sombra que me proporciona el sombrero, los soldados comienzan la ceremonia de recepción de Le Spezie, supuestamente igual que entonces. Engalanados con un gran penacho rojo, y bajo el peso ardiente del peto, el codal, la escarcela o el quijote, disparan una salva de bienvenida de doce descargas. Más tarde cantan una loa a los hijos que San Elmo creía perdidos en la vastedad del océano. Me tapo los oídos. Encienden la mecha de unos cañones antiquísimos y vuelven a tirar doce veces.

El alcalde, un barrigudo, cuya cara porcina y porte pesado se asemeja a un animal domestico, de ojos oscuros y mentirosos, se adelanta entre los soldados, que habían bajado de La Valeta y formado una suerte de pasillo alzando sus espadas al cielo. Anda estrechando las manos a los vecinos, sonriendo ante la expectación de los mismos. Luce una sobreveste sobre la túnica. Una vez que el alcalde hubo recorrido la resplandeciente galería, el gentío hizo espacio para que las bailarinas, que aguardan nerviosas su turno, danzaran. Los castellanos estuvieron aquí un poco antes que los griegos y los italianos, además de construir el Fuerte de San Elmo también legaron una pizca de su cultura musical. Las muchachas bailan la jota al son de la dulzaina, el laúd y los tambores, que retumban en el puerto de aguas amansadas por los risueños acordes de la danza.

***

Dión Kana; la mayor de mis heridas, abierta por un sucio puñal, los chorros de sangre brotan como los manantiales del alma; la herida que grita, se retuerce en las sábanas de noche, llorando en el frío suelo del baño, regocijándose en el aislamiento y el dolor. He fabricado muñecos vudú para punzarte el cuerpo. He maldecido tu nombre hasta la afonía, Dión. He deseado tu muerte y tu desgracia. Pero pagarás por lo que hiciste. Créeme que pagarás y entonces tu dios hincará las rodillas y tragará polvo hasta que sus pulmones terrosos se atraganten y tú caigas con él.

He fabricado muñecos vudú. ¿Sabes, Dión? La falsa e hipócrita sonrisa que dibujas se esfumaría como el juramento que hicimos tu hija y yo a la arena, si supieras que guardo una de las fotografías en las que apareces posando con Hidra, precisamente aquí, en el puerto.

En dicha instantánea tu hija aparece de entre las aguas como una nívea sirena, con su rostro infantil, hechizante y bello, sus ojos centellean; tú frunces el ceño a la manera en que tus compañeros de sacerdocio se enfrentan a los jóvenes desbocados (así solías llamarnos ¿Recuerdas?), esa foto la colgué de un improvisado altar que construí en la despensa, para odiarte entre el poderoso aroma de los ajos y el clavo negro. Odiarte hasta que sólo queden las sienes palpitantes.

 

Te dedico el más furibundo de los soliloquios, el más infernal de los proverbios. Porque he decidido volver al pasado. Porque siempre estuve allí. Porque el cuchillo lo empuñaste tú. Citando a William Blake, un pensamiento llena la inmensidad. TÚ DESTROZASTE SU CORAZÓN, VACIÁNDOLO DE TODA LUZ. Quien ha sufrido tus imposiciones te conoce.

 

 

***

 

Cuando la armoniosa música se apaga y la dulzaina descansa, las bailarinas forman una fila y dedican unas reverencias a los vecinos de San Elmo, que se aprestan a prorrumpir en sonoros aplausos de agradecimiento. Esperamos unos instantes. Miro a Dión. Ojalá él pudiera percibir el odio que siento, ojalá el odio fuera ondas eléctricas que abrasaran su cerebro, ojalá el odio pudiera solidificarse en una pantera negra que atacase sus piernas cansadas. Dión ofrece congratulaciones al alcalde. Supongo que se conocen porque la iglesia católica es, con diferencia, la más numerosa de la isla, él siempre ha aspirado a convertirse primero en diácono y finalmente en arzobispo. Empujo a algunos vecinos que se agolpan en torno al alcalde y Dión, que luce una vestimenta litúrgica. Es un hombre corpulento, se limpia el sudor de la frente y asiente con gravedad. La papada le cuelga como a un pavo. Pero él es más feo que la más horrenda de las criaturas.

Estoy cerca de Dión. Me ha visto, apartando la mirada al instante. El semblante le ha cambiado, se resiente de haber visto algo deforme y desagradable. Tendrá que volver a mirarme a la cara, pienso. Una anciana protesta porque intento pasar y dice que el sitio le pertenece. Le doy un empujón y la vieja se tambalea a punto de caer al suelo, mojado y resbaladizo. Alguien la sujeta de los brazos. Una gaviota grazna sobre nuestras cabezas, buscando la corriente de aire caliente para volver a elevarse. Oigo las coléricas quejas de otro anciano y me extraño de que esa mujer siga teniendo un esposo en este mundo. No me importa. Quedaos gimoteando. Llego donde Dión y el cerdo del alcalde parlotean, levanto la flor de jade, que proyecta su sombra en el firme y grito:

LA BELLEZA DE ESTA FLOR DE JADE ES LA TUYA, HIEDRA KANA, Y SE ENSOMBRECIÓ, PERDIÉNDOSE PARA SIEMPRE.

Entonces rompo los pétalos de la flor, destrozo su tallo. Pisoteo los restos de la plata hasta que se ensucia, queda oscurecida. Rompo a llorar. Creo que debo irme.

Este año me perderé el fuego de San Elmo.

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