Os estaba contando la Subida al Gorla. Durante el viaje a Vergara, siguiendo los tortuosos desmanes de los puertos, que ofrecían hermosas panorámicas de los valles euskaldunes, que resplandecían de un intenso esmeralda, sufrí un ligero mareo. El humo gris que serpenteaba a medida que me acercaba a los altos hornos se diluía en el otero dibujando un colorido tapiz en que destacaba la ganadería nómada, un vestigio olvidado de una Euskadi que aunaba el progreso con la tradición. El coche se había calentado por el sobrepeso que había soportado el motor de mi austero Ford Fiesta, que había apurado las revoluciones para seguir ascendiendo. Las paredes eran el mercurio del termómetro social y las paredes de Vergara desnudaban el anhelo independentista. Aparqué cerca de una cantina donde pedí café solo. Enfrentaba la mañana con más energía ya que me había recuperado del vahído. Sorbí el café, que sabía al dejo amargo que lega el tabaco en la garganta. Los posos del café se depositaron el fondo de la taza, formando pequeñas islas que, vistas desde arriba, contenían el futuro, podía observar el futuro escrutando la geografía de aquellas islas de café, el futuro era siempre una escenografía en el que obtenía algo distinto de lo que podía tener, de lo que tenía y de lo que me correspondía, al igual que le ocurría a Lanza.

Durante el primer tramo de la competición, consistente en una etapa única, que transcurría entre Osintxu y Oñati, Marco se mantuvo concentrado. Sabía que las escapadas que se producían al comienzo fracasarían, con que ahorraba fuerzas. El soplo del viento impedía que se crearan abanicos, la fiereza del viento solía hendir cortes en un pelotón formado por equipos cuyos integrantes apenas cooperaban entre sí persiguiendo el triunfo personal. Pero aquella mañana el viento ululaba entre los árboles meciendo el ramaje con suavidad. Los ataques que se urdían con la intención de marcar distancias se fabricaron en las faldas del Gorla, que los ciclistas ascendían por primera vez. Dos corredores, pertenecientes a los conjuntos de Relax y Footon, consiguieron una diferencia rayana al minuto respecto al grupo de cabeza, donde se encontraba Lanza, quien conocía que, en una escapada así, conformada por equipos diferentes y mal planificada, tarde o temprano los escapados abandonarían el entendimiento necesario para relevarse o agotarían sus reservas antes de tiempo. Marco se limitó a aguantar una posición ventajosa en el grupo perseguidor, ahorrando fuerzas, tratando de que los nervios que afloraban en las tostadas pieles de sus rivales no infectaran su mente, que se mantenía templada. En una curva, un compañero de Bianchi rozo la rueda trasera de su bicicleta, recibiendo una airada reprimenda de Lanza. Los dos contrincantes que formaban la escapada emprendieron el descenso hacia Aizpurutxo. Los directores de Relax y Footon insuflaban ánimos y ordenaban tácticas desde los coches de carrera, pero el grupo perseguidor neutralizó la escapada justo cuando ésta emprendía el ascenso al alto de Deskarga. Los auxiliares de la organización avituallaron a los ciclistas. Lanza comió y bebió tratando de mantener la concentración. Después de que el grupo de cabeza atravesara Antzuola, Marco ocupó la segunda posición. Esperó a que saltaran algunos corredores. En la mente de Lanza se había asentado el convencimiento de que cualquier escapada sería engullida por la rápida marcha del grupo. Por fortuna, así ocurrió. A falta de 3 kilómetros para el final, el desnivel de la pedregosa carretera marcaba el 8,2 %. Marco esperó al momento en que ningún corredor tomara el relevo, ya que la fatiga se había instalado en las piernas de todos. Sin embargo, acumuló las reservas que había guardado de las anteriores ascensiones y atacó. Las piernas, en apariencia débiles, de Lanza, habían confundido a sus adversarios. Sus piernas eran largas, pero también habían cobrado una considerable musculatura en los entrenamientos que realizaba a diario. Prieto lanzó un poderoso ataque a falta de unos 3 kilómetros. Durante el tramo inicial del ataque mantuvo un ritmo explosivo, que castigaba sus fuerzas, bailando sobre la bicicleta. Fue capaz de mantener un elevado ritmo de cadencia que dejó atrás al grupo perseguidor, incapaz de coordinar la caza. Lanza celebró la victoria extendiendo los brazos y alzando la mirada al cielo, como si hubiera sido crucificado.

Cuando Marco bajó de la bicicleta abrazó a su padre, que había viajado para apoyarle. El padre de Marco era un hombre entrecano de rostro arrugado que irradiaba un respeto basado en la disciplina y el orden. Lanza me habló varias veces de él, trabajaba como supervisor en una fábrica, ordenando a los obreros instrucciones para mejorar el rendimiento. Aleccionaba a Pietro convencido de que lo peor que existía era el talento desaprovechado y organizaba la vida familiar siguiendo los mecanismos de mercado. Si Lanza trabajaba en casa, sacando la basura o regando las plantas, por ejemplo, su padre lo recompensaba con un puñado de pelas que su hijo debía emplear en inversiones productivas como adquirir un accesorio para la bicicleta que le permitiera mejorar su rendimiento.

Mi padre había sido incapaz de conciliar el sueño, así Lanza, había trabajado durante toda la noche en la fábrica. Llegó a casa a las ocho de la mañana y se acostó, pero los problemas que le acuciaban en el trabajo le desvelaron. El padre de Marco recibía  tratamiento psiquiátrico, le habían recetado unos antidepresivos que, si restaba algo de su mundo interior, acabarían por anular los últimos resquicios de su mundo interior que, en el fondo, formaba la identidad de un esclavo que había claudicado ante los jefes que le angustiaban y exprimían, habiéndose sometido a las obligaciones más absurdas, así Lanza, como comprarse dos coches que en principio no necesitaba pero que después necesitaba reparar y mantener, comprar unas ruedas nuevas, limpiarlos constantemente, limpiar los asientos y los salpicaderos de los vehículos hasta que relucieran, se preocupaba de realizar la inspección técnica a los vehículos, de no rallarlos ni romper la caja de cambios, pero podría haberse desplazado igualmente en autobús, así Lanza.

Al parecer Marco le dijo a Gerardo, su entrenador personal, que su padre se levantó y se aseó y requirió su presencia, diciéndole que calculara el montante dinerario que le proporcionaba a su hijo en forma de propinas semanales durante un año. Lanza cobraba dos mil pesetas a la semana, cantidad que, multiplicada por 52 semanas, suponían un montante de 104.000 pesetas al año, sin contar lo que mi padre pagaba al equipo de juveniles, así Lanza. Luego bajamos a la cocina, en cuyos armarios descansaban abundantes utensilios que apenas se utilizaban en preparar la comida, utensilios inservibles pero atractivos, atractivos en el sentido de que estaban diseñados de forma que atraía mirar y tocarlos, pero no usarlos, puesto que servían para realizar tareas poco usuales, así Lanza, mi padre me tendió una hoja y dijo que dividiera todo el dinero que me ingresaba al año entre el número de asignaturas que cursaba en el instituto. Gerardo dijo que Marco había decidido abandonar los estudios porque sólo quería correr, correr. Intenté dividir 104.000 pesetas entre el número de asignaturas, que ascendían, creo, a 12, pero había olvidado dividir, así Lanza. Bueno, no es que hubiera olvidado dividir en el sentido literal, es que me encontraba gobernado por los nervios, incapacitado para efectuar una operación matemática. Al principio calculé que, de la división entre 104.000 pesetas y 12, restaban 9.500 pesetas. Luego calculé que 9454 pesetas era la cantidad exacta que suponía la relación entre mi salario y las asignaturas que cursaba. Gerardo dijo que el padre de Lanza le instó a multiplicar el resultante de dicha operación por la cantidad de asignaturas que su había aprobado hasta entonces. Gerardo asegura que Lanza había aprobado 3 asignaturas, pero yo creo que aprobó 4. De cualquier forma, el resultado era paupérrimo respecto a las expectativas del padre de Pietro.

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