Entonces Mantícora empezó a andar, arrastrando a la niña. Pero Lucy se tiró al suelo y volvió a insultarle, furiosa ante la demostración de poder de su madre. Después, una vez que volvían a casa, tuvo que esforzarse por contener las lágrimas. Su madre también se sintió mal, pero trató de que Lucy le quitara importancia al incidente y olvidara del asunto. Le ofreció pararse en una tienda para comprar golosinas, pero la niña había perdido el apetito, y se estiraba los ojos para que las lágrimas no se desbocaran de la cuenca. Primero había odiado a su madre, por arrastrarla como a un simple objeto, ante la mirada de todos, pero más tarde se había culpabilizado por el espectáculo, los insultos y las cosas que había dicho y que, en realidad, no pensaba del todo.

Cuando llegaron a casa, volvió la madre al Planeta Cocina y allí se preparó un té. Mientras esperaba que se enfriara, trató de permanecer ocupada a los fuegos, con tal de evitar el pensamiento de lo que acababa de hacer. Cuando planeó traer vida al mundo, se imaginó una relación muy distinta con sus hijos. Proseo aún era demasiado enano para saber nada, pero Lucy ya había desafiado su autoridad en otras ocasiones, y si no actuaba la pequeña se saldría con la suya.

La hija había ido a su cuarto, echándose sobre su cama y llorando, recordando otros momentos de frustración con su madre; la misma impotencia. No tardaría en crecer, y entonces cambiarían las cosas. Fue al bañó y se duchó, y el agua tuvo un efecto reparador en la niña, que imaginándose bajo una cascada, se tranquilizó. Tanto tiempo estuvo en el agua, que la piel de los dedos parecían escamas de pez. Tuvo tiempo de explorar su cuerpo bajo el agua, de recorrer toda su piel. La presión de la mano de su madre, le había dejado un pequeño moratón en la muñeca. Salió de la ducha y se secó frente al espejo.

Como no tenía ninguna gana de ver a su madre, se quedó sin cenar. Fue recogiendo las toallas, las pinzas y las cuerdas necesarias, e hizo una tienda en su habitación. La lamparita portátil que había colocado en medio de las toallas calentaba las telas. Empezó a dibujar unos unicornios alados, recorriendo el anillo de Saturno. Pero, al rato, se aburrió de borrar y borrar las líneas amorfas que delimitaban al unicornio y rompió el dibujo. Habiendo elegido más tarde un libro de cuentos, leyó que había un tesoro escondido en algún lugar de la isla, pero también se aburrió.

Ya en la madrugada, se despertó y se levantó de la cama, dejando la lamparita encendida se encaminó hacia el pasillo, donde retumbaban los ronquidos de Fingerpotato, el hermanito Proseo dormía feliz en la cuna y Mantícora susurraba en sueños. La casa parecía tranquila, pero la niña temió porque el fuego se prendiera a causa de las colillas incandescentes, tiradas por Fingerpotato sin ningún cuidado, en el cenicero del salón, colocado justo encima de papeles y madera y otros materiales inflamables. Con que fue hasta el salón, comprobando una noche más que los pitillos se habían apagado.

Las tripas le rugieron, y Lucy fue a la cocina y se preparó un sándwich con lechuga, mayonesa y atún. Se lo comió y se quedó mirando las montañas de sal que había amontonadas. Cuando regresó a su cuarto, la bombilla de lámpara portátil que había dejado encendida sobre las toallas, había calentado tanto la tela que el fuego comenzó a prenderse. Si el humo inició como en hiladas blancas, irrisorias y debiluchas, instantes después las llamas quemaban los pelos de las toallas, amenazando con calcinar la tienda, que Lucy había construido para sentirse aislada de su familia, y extenderse por el resto de la casa. La niña reaccionó con la previsible estupefacción, quedando paralizada por el shock, pero tardó muy poco en ir al baño, donde llenó el cubo de la fregadora, agua que arrojó a las toallas de su habitación. Y todo con el mayor de los sigilos, pues temió posibles represalias por parte de los amos del régimen doméstico. El fuego se extinguió y su habitación quedó hecha un asco, ahumada, asquerosa, inundada de agua sobre la que flotaba ceniza.

«No sé cómo librarme de esta. Lo más seguro es que mi madre se entere» pensó Lucy.

Trató de limpiarlo todo, pero no se manejaba del bien con la fregona, y el olor se había quedado impregnado en las paredes, las cortinas y los muebles. Además, ya había hecho suficiente ruido como para despertar a sus padres, con que descansó un rato, echada en la cama, desesperada, agitada contra sí misma y; como tras un gran fracaso, enfurruñada. Intentó dormirse, pero no pudo.

«Si mañana puedo librarme de la bronca, quizás Mantícora no esté tan enfadada cuando regrese por la noche, y pueda hablarle. Pero no se me ocurre ninguna excusa. ¿Un cortocircuito? No me creerá y deberé contárselo. En fin, buena me va a caer. Pero, al menos, traté de no pasar hoy por casa. Saldré pronto, antes de que papá y mamá se levanten» pensó Lucy.

De modo que Lucy escribió una nota diciendo que había quedado con una amiga y con su madre para que les llevara al colegio, mintiendo acerca de que irían a comer y pasarían juntas la tarde. Terminaba diciendo que volvería por la noche, que no se preocuparan. Inventó una dirección de teléfono-k y la escribió. Puso el despertador, pero permaneció pendiente de él, con que no durmió. Se vistió con rapidez y bajó a la cocina, desayunando uno cereales-k recubiertos de azúcar. Entonces la niña trató de abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave. Sus padres no le habían dado ninguna, así que no pudo salir de su propia casa. Estaba encerrada; siempre lo había estado.

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