COLBY.

            El conserje llegó en pocos minutos. Conocía a la perfección los apartamentos que habitaba cada cliente. El número A12 fue al que se dirigió: la letra indicaba el primer piso y el número la posición dentro de la planta. Golpeó la puerta con los nudillos y aguardó a que Colby abriera.

— Me alegro de que esté aquí – dijo el joven.

— Vamos a ver… – contestó Lance.

Había traído su caja de herramientas.

— Venga por aquí.

Se dirigieron al baño.

            Colby era un joven de veintitrés años. Fornido y con éxito entre las mujeres. Lucía unos hombros anchos y un físico moldeado. Se entrenaba a diario a través de un estricto plan. Apuntaba las pesas y la distancia recorrida en sus salidas de entrenamiento.

Había llegado a Blue Place huyendo de su familia. Su padre deseaba que se uniera al ejército de los Estados Unidos. Pensaba que no se convertiría en un gimnasta de éxito; se trataba tan sólo del capricho de su hijo menor. Los hombres de verdad no eran gimnastas; eran soldados o se partían el espinazo en una factoría.

            Si algo causó que Colby abandonara la vida que llevaba, fue la discusión que mantuvo con su padre. Él era un soldado viejo y retirado que había combatido en Vietnam. Llevaba dentro la bandera de barras y estrellas y deseaba que su familia se sintiese orgullosa por ser norteamericana. A pesar de que nunca perteneció al Partido Republicano, acudía a sus mítines y discutía con Colby sobre los candidatos presidenciales.

            El joven pidió ayuda para desplazarse a una escuela de gimnastas en Seattle tras graduarse en el instituto. Entonces él comenzó a decir que no había criado un hijo, enumerando por encima los sacrificios que ello conllevó, para que se dedicase a malgastar el tiempo. Colby replicó que había obtenido matrícula en educación física y que, pensaba, podría dedicarse a un trabajo de su agrado. Su padre le instó a alistarse, como su hermano había hecho años atrás. El chico se negó. A partir de ahí irrumpieron en insultos.

            Eres una vergüenza para mí – le había dicho su padre.

            En un principio, Colby no se relacionaba con el resto de inquilinos. Se dedicaba a salir de fiesta y buscar ligues. Por entonces nunca acudió a las reuniones de la comunidad, donde se decidía y charlaba sobre asuntos concernientes a aquel lugar; la antena parabólica, el horario de la piscina o la cuantía del arrendamiento.

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