MILES.
El tiempo había transcurrido hasta media tarde. A la mente del conserje vino que tenía una cita con el señor del segundo piso. Comería después de atender sus obligaciones. Aunque tenía hambre y la boca se le hacía agua.
Corrió al apartamento B5 e inquirió cuál de sus servicios requería. Allí vivía Miles, al que debía arreglar el televisor. Un hombre calvo e introvertido que apenas salía o se relacionaba con la comunidad. Tan sólo felicitaba la Navidad enviando unas postales religiosas a los demás. Lo hacía para mofarse. Lance sopesó si pedirle un aperitivo, pero desistió de intentarlo. No quería importunarle.
Desde pequeño Miles se había sentido fascinado por el cine. Se mudó a París para estudiarlo y conseguir ser director. Aunque lo único que hasta ese momento había logrado era escribir críticas en un periódico de tercera.
Escribía en la sección de cinematografía clásica y se encontraba redactando la crítica de El Resplandor.
El Resplandor.
Por Miles Murray.
Esta cinta trata de un escritor tarado (interpretado por Jack Nicholson), como el propio Stephen King, en cuya obra está basada la presente película de Kubrick; que se encargó de producir y dirigir la adaptación a la gran pantalla.
Nos encontramos con un niño de personalidad trastornada, además de con su madre (Shelley Duvall). La banda sonora, conseguida por sintetizador, acierta y contribuye al total del film.
Laberintos intrincados, habitaciones bañadas por un halo de misticismo, planos entrecortados, comunicaciones que fallan (el equivalente a la conclusión de la batería de los celulares en el cine actual), gemelas muertas o unos diálogos manidos compelen una atmósfera artificial y mundana construida a través de recursos y tópicos.
Ante todo, El Resplandor, destaca por una genial interpretación y una no menos lograda producción. Pero lo mejor de la obra, sin duda, es el mensaje que proporcionada al espectador. Un mensaje claro; el odio hacia los demás, hacia aquellos a los que, sin reconocerlo, deseamos asesinar un poquito; aquellos con los que compartimos demasiado tiempo. Además, claro, del ansía por superar el anonimato y convertirnos en alguien superior a la vulgaridad reinante en el mundo.
Precisamente es en el aviso que se nos lanza, donde radica el único terror que puede infundir la cinta

