SUSAN.

La televisión del señor del segundo se encontraba averiada. Ni siquiera encendía por el excesivo uso que había soportado. Lance desmontó el aparato y trató de ponerlo en marcha. Pero el tubo catódico estaba inutilizado. Se disculpó y recomendó al crítico comprar uno nuevo. Salió del apartamento B5 y bajó las escaleras. Entonces vio a Susan, que abandonaba el complejo.

            Iba vestida con camiseta de tirantes y shorts. Dejando entrever sus carnes. Las piernas menudas y el rostro dulce que gastaba, la conferían un aspecto adolescente. Llevaba los labios pintados y el rímel corrido. Había recibido la llamada de un cliente que debía atender.

            Susan no era su verdadero nombre. Era natural de Camboya. Su familia se mudó huyendo de la pobreza. Se ganaban la vida recolectando arroz. En los humedales les picaban los mosquitos. Tan sólo obtenían unas monedas con las que sobrellevar los gastos corrientes. Habían apoyado a los jemeres en la creencia de que el rey abandonaría el país y podrían poseer tierras.

            Su hermano trabajaba en una licorería de Chicago. Sus padres se habían jubilado en Estados Unidos. La comunidad sabía que se dedicaba a la prostitución. Hablaban de la mala influencia que podría ejercer allí y pensaron en requerir su expulsión. Pero pagaba su renta con religiosidad, a diferencia de otros.

            Había tenido problemas con Colby.

— Aquí no queremos zorras – dijo el deportista.

— Aunque aceptáis idiotas, según veo – respondió la chica.

— ¿Por qué no te marchas?

— ¿Por qué no te vas tú?

— Porque yo soy alguien respetable.

— Ya veo…

— ¿Qué?

— Nada – contestó Grace.

— Al menos podrías ser discreta. Vemos como todos los días, en tu apartamento, entran una decena de hombres.

— Lo que creo… es que te gustaría estar con ellos.

— Me estás empezando a cabrear.

— Lo siento. Pero así me gano el pan y tendrás que aceptarlo.

— ….

Podría decirse que mejoraron su relación. De hecho, Lance la había tomado cariño. En ocasiones la joven le contaba viejas fábulas de su tierra. Él la apoyaba si algún vecino persistía en las quejas. Sobre todo los más ancianos.

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